Tú que llegaste a mí como una bolita mojada, salvado de las aguas, del abandono de una madre desesperada.
Tú.
Tú que te convertiste en la bolita peluda y sequita más preciosa del mundo.

Tú.
Tú que provocaste que la ternura se me escapase a borbotones y que mi único pensamiento fuese que salieses adelante. Que sobrevivieses y fueses feliz, y yo contigo.
Tú.
Tú que con ese pequeño y precioso morrito sonrojado.
Tú.
Tú que con esos pequeños ojitos iluminaste todo lo que tenías alrededor, que me seguías con la mirada y me buscabas con esas pequeñas patitas.
Tú.
Tú que creaste curiosidad en las que algún día pudieron haber sido tus hermanas y compañeras de juegos.
Tú.
Tú que dormías plácidamente a mi lado mientras yo trabajaba. Que me dabas paz y serenidad.
Tú.
Tú con ese pequeño cuerpecito y ese rabito de ratita.
Tú con esos suaves pelitos, esas pequeñas orejitas y esas patitas aún sin estrenar.
Tú.
Tú que con tan sólo unas horas creaste en mí un sentimiento de protección, me necesitabas para sobrevivir...pero en un ratito te convertiste en una pieza tan importante de este puzzle al que algunos llaman corazón...
Tú.
Tú que me iluminaste sólo en unas horas...y ya nunca más lo harás.
Y no me robes esa culpabilidad, que la tengo. Que la vida reparte golpes, y algunos duelen mucho.
Y tú no te merecías decirme adiós así.
Te merecías correr, ronear, dormir, jugar, hacerme feliz en tu felicidad felina.
Lo siento pequeño.










No hay comentarios:
Publicar un comentario